Futbol se resiste a cambiar “cultura homofóbica”

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Recién nos enteramos que la FIFA multó a la Federación Mexicana de Futbol (Femexfut) por los gritos homofóbicos que los aficionados mexicanos lanzan en los estadios a miembros del equipo rival, como el tradicional “PUTOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!”.

La Femexfut dijo que se amparará para no pagar los más de 395 mil pesos a que se hizo acreedor.

El secretario general de la Femexfut, Guillermo Cantú, explicó: “… argumentamos que no es discriminatorio en el sentido en el que se pone, porque hay que entender culturalmente algunas de las palabras, algunos mexicanismos que se han ido dando y en el futbol no es la excepción”.

Luego no me sorprendió cuando escuché la opinión de los comunicadores deportivos como Inés Sainz y Christian Martinoli, quienes durante su intervención en el noticiero Hechos de la noche, propusieron a la Femexfut que mejor preparé un cheque para cada partido, pues los gritos “homofóbicos” era algo que no iba a cambiar.

Amigos y amigas pamboleros, su argumento “cultural” es equiparable a decir que como la cultura de México es machista debemos tolerar las faltas de respeto a las mujeres en la vía pública, o las agresiones verbales y físicas que sufren a manos de cavernícolas misóginos, ya saben esos gritos de “¡Mamasita!” o las nalgadas y pellizcos en el transporte público.

Supongo que como esa conducta es algo que le han enseñado a los hombres desde niños, está bien dejar las cosas como están y no sancionarla.

Ahora bien, imaginen que están en un partido de fut femenil y alguien del equipo contrario le grita “PUTAAAAAAAA!!!!” a la delantera del otro; qué sentirán sus padres, hermanos, novio, o novia ¿les parecerá divertido que se den ese tipo de expresiones?

Luego está la cuestión de preparación, algunos dicen que los aficionados al futbol no cuentan con los estudios mínimos para distinguir una conducta ofensiva, pero les aviso que no hay título o diploma que reconozca el grado de imbecilidad de las personas, la ignorancia permea más allá que el estatus económico, social e incluso nivel de estudios de los habitantes de este planeta, el otro día un periodista “serio” y experimentado me dijo: “Las trans no son mujeres y le haces como quieras”… así las cosas amigos.

Hace algún tiempo, durante el mundial de Brasil, discutía precisamente el tema del grito de “Puto!” en los estadios, mi interlocutor era el dueño de un medio digital muy importante, él decía que los gays éramos unos exagerados, resentidos sociales, entre otros calificativos, y que por eso todo lo veíamos mal, básicamente que “ningún chile nos acomodaba”.

Ya emputado, literal, le pregunté: “¿Le gustaría a usted que yo le gritará ‘puta’ a su esposa o madre, porque para mí la palabra ‘puta’ es una broma?”, de inmediato sus ojos explotaron con una mirada de odio impresionante, balbuceó y sólo pudo responder: “Pero eso es diferente, los hombres pueden defenderse, las mujeres no”, ahí lo tienen queridos amigos, estereotipos y más estereotipos.

Obviamente no pienso que esté bien gritarle “puta” o “puto” a nadie, sólo fue un ejercicio de reflexión, y funcionó.

Un gran sector de la población sigue la línea del machismo, haciendo menos a las mujeres, dudando de sus capacidades y demostrando su desprecio ante su liderazgo.

La cosa es muy simple, la “cultura” machista u homofóbica no cambiarán hasta que empiece a ser sancionada y los ciudadanos se den cuenta que sus palabras pueden ser interpretadas mal, hiriendo la humanidad y dignidad de otros.

Amigos y amigas fanáticos del balompié, relax, el mundo no se acaba porque tengan que dejar de gritar “PUTO” en los partidos, demuestren que somos parte de una especie capaz de evolucionar en nuestras conductas e inventen un nuevo grito, no sé, empiecen con leer un buen libro al mes… digo eso les podría ayudar. 

Por @CriSzis

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Orgullo Gay: ser un PUTO feliz

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Antes de la emblemática marcha del orgullo gay de mi ciudad, la capital de México, quiero compartir con ustedes mis razones para salir a la calle y hacer visible mi homosexualidad.

Recuerdo que cuando tenía unos 8 años me enamoré por primera vez. Su nombre era Francisco, un niño que llegó de intercambio a mi escuela.

A esa edad no tenía nociones de discriminación, no sabía de crímenes de odio y jamás nadie me había rechazado por ningún motivo.

Recuerdo que me inventaba cualquier pretexto para estar cerca de él y cuando mi hermana se dio cuenta de mis sentimientos, sólo me dirigió una sonrisa cómplice.

Pero todo cambió al crecer. Ya en la adolescencia fui testigo del odio, la aberración y el asco que los homosexuales provocamos a ciertos grupos de personas.

A los 14 empecé a temer por mi seguridad, intentaba ocultar lo obvio y decidí fingir ser otro adolescente, uno al que le atraían las mujeres.

Durante la preparatoria tuve que reprimir mis deseos sexuales y me conformé con las chaquetas (literal) mentales, todas las noches en mi habitación .

En la universidad mis encuentros sexuales con otros varones eran siempre a escondidas, en los baños, en nuestras casas mientras nuestros padres no estaban, en el bosque. Para dar un simple beso teníamos que asegurarnos de que nadie nos observaba.

Pero un día desperté luego de un hermoso sueño. En mi sueño me atreví a dar mi primer beso a Francisco, pasados los años nos hicimos novios, nuestras familias nos cuidaban como pareja; asistimos a fiestas familiares, terminamos juntos nuestras carreras y nos casamos en una pequeña boda en el campo.

Fue entonces que decidí que mis sueños se tenían que volver realidad. Salí de mi casa, fui a la universidad y llevé al que entonces era mi novio a “Las Islas”, en Ciudad Universitaria (donde estudiábamos).

Nos acostamos en el pasto a platicar y sin decirle nada, rodé hasta quedar encima de él y le planté el beso más dulce que he dado en toda mi vida.

Ahí, frente a decenas de parejas universitarias heterosexuales. CU es un ambiente muy amigable con la diversidad, así que no pasó mucho.

Luego, fui a clases y les dije a mis mejores amigas (Ady y Liz), “Soy gay”, me respondieron: “Ya lo sabíamos y te queremos tal como eres”.

Llegué a casa y se los dije a mis padres, les costó unos meses pero me aceptaron y hoy en día me aman igual que a mis otros hermanos.

Salí a la calle y decidí que nada me detendría para ser el hombre que quiero ser, un “puto pleno y feliz”.

Por qué “puto” se preguntarán. Durante todos esos años de crecimiento, al enterarme de la homofobia, lo que más me dolía escuchar cuando la gente se refería a nosotros los homosexuales, era que nos llamaban “jotos”, “maricas”, “maricones”, y por su puesto “putos”.

Decidí aceptar que soy un “puto”, no por lo que ellos piensan que significa. Decidí que lo más importante era el significado que uno asigna a las palabras. Si quieres que te lastimen lo harán, pero uno mismo tiene el poder de resignificar las palabras y utilizarlas para lo que queramos.

Desde entonces para mi, “PUTO” significa: “Persona Única Totalmente Orgullosa de quien es”.

Por eso este 27 de junio desde el Ángel de la Independencia y hasta el zócalo de la Ciudad de México, marcharé porque me siento feliz, tengo a mi familia que me ama, a mis amigos que siempre están a mi lado y a los nuevos amigos que cada día me dan la oportunidad de sonreír.

También marcho por todos los que siguen pronunciando la palabra “PUTO”, porque gracias a ellos soy un tipo fuerte, valiente y cada día mejor.

Por @CriSzis

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