Generación Queer de mi ciudad

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El sábado pasado mi amigo Gerard Cortez me invitó a la Fiesta Bomba en el Salón Caribe de la avenida San Cosme, en la Ciudad de México. Tuve la oportunidad de disfrutar la presentación estelar de la Drag Queen Raja y el singular debut como Dj de Carmen Campuzano.

De la reina drag ustedes ya lo saben todo. Es una de las ganadoras del popular reality “RuPaul’s Drag Race” en EU y en su presentación durante la Fiesta Bomba deslumbró con su profesionalismo, sensibilidad y generosidad hacia el público mexicano al interpretar un performance inspirado en la canción “La Llorona” y el estilismo de Frida Kahlo.

Pero más allá de la genial fiesta, el encuentro con queridos amigos y los intensos pasos de baile, tuve una genial revelación.

Aunque no soy un anciano, deben saber que pertenezco a la generación de gays que aún tuvimos que escondernos de darnos un beso y que teníamos que recurrir a las salas de chats para conocer no sólo amantes, sino también amigos “del mismo bando”.

Todas las tardes de mi adolescencia corría a un café internet cercano a casa donde pasaba un par de horas conversando con desconocidos sobre mi verdadera orientación sexual.

La colonia entera estaba al tanto de mi homosexualidad, pero la presión social y cultural provocaban que nadie, ni yo, lo pudiéramos hablar abiertamente.

Durante aquellos años, cuando cumplí 15, lloré de emoción al ver al que para mí fue el primer personaje adolescente de televisión abiertamente gay, “Jack”, de Dawson’s Creek, la serie con la que la masa de pubertos ñoños nos entreteníamos. El fenómeno era parecido a lo que más tarde ocurrió con Glee.

Pues bien, para no hacerles el cuento largo, llegué a los 20 años de edad siendo un “revolucionario”, besando chicos en los baños de la universidad, invitando a mi maestro de Ética a salir y otras tantas “barbaridades”.

El sábado en la Fiesta Bomba me alegré de ver muy cerca a la nueva generación que vive en mi ciudad.

Muchos se identifican con el fenómeno Queer, que aboga por la desgenitalización de la sociedad y la eliminación de las etiquetas. Esta nueva generación no se identifica con ninguna de las siglas LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans), pero disfrutan de lo logrado por quienes sufrieron la época más brutal de rechazo social y desprotección oficial.

Los “Club Kids” como los llamó Gerard, son jóvenes a los que realmente ya no les importa lo que nadie diga de ellos. Como dice la vieja canción de Alaska y Dinarama, “…yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré ¿a quién le importa lo que yo haga?”; son desde mi punto de vista, básicamente felices.

Ya no vivieron la etapa más dura de la homofobia y transfobia en la Ciudad de México y cuentan con más herramientas que los dota de seguridad para salir a la calle tal cual son.

El internet, la promoción de la cultura de la inclusión en el DF y la apertura de los medios a temas como la homosexualidad, lesbianismo, dragueo, transexualidad, y un largo etcétera, logró que los chavos capitalinos de hoy salieran de todo tipo de clósets (literal), se pusieran lo que más les gusta y caminaran por las calles del DF con tacones, pelucas, tangas, minifaldas, ombligueras, maquillaje brillante, cabello de colores, tatuajes, aretes, abrigos de pieles, sombreros y gorras de todo tipo, vestidos, crinolinas, coronas, lentes, antifaces, alas, cuernos, bueno, finalmente todos llegaron hasta el Salón Caribe para celebrar, tal vez sin saberlo, décadas de lucha.

No estoy diciendo que los jóvenes queers sean ignorantes, pero en general quieren olvidar el pasado y vivir la vida que les tocó.

Me dio gusto ver que el trabajo de muchos activistas que conozco y admiro tiene este tipo de resultados. Pero me intriga el futuro de esta generación Queer.

Aunque la fiesta y liberación son señales de una evolución positiva, habrá que ver  qué tantos de estos chicos saben que viven en una realidad privilegiada y que aún hay muchos lugares en el resto de México donde incluso los matarían por usar la ropa que usaron la noche del sábado, ya no decir por besarse en público o llevarse a la cama a un individuo de su mismo sexo.

¡Calma! no quiero ser aguafiestas. La Fiesta Bomba es una muestra del clima un tanto favorable en el que vivimos los gays, lesbianas, transexuales y en general diversos sexuales de la capital de México.

Me encantaría que más fiestas como estas se llevarán a cabo en todo el país, con “bombo y platillo” como se dice por ahí, sin que los habitantes de cada entidad califiquen la celebración de “fiesta de locas”, y con la mezcla de todas las siglas de la Comunidad LGBT y otras que nunca han necesitado de visibilización. Me consta que hay fiestas de vaqueros homosexuales en el norte, o de tangas en muchas playas de México, por ejemplo, pero lo que destaca de la Fiesta Bomba es que aquí no hay etiquetas, no hay rechazo, no hay violencia y me aventuró a escribir que el ambiente fue de lo más sano que he vivido.

Con placer veo que la generación Queer se apodera de la Ciudad de México y tal vez esté en sus manos convertirla en un mejor lugar para vivir.

“Homosexuales en la oficina” por Casasola (Fototeca Nacional):

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Fotos de la Fiesta Bomba de este 25 de abril: 

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Por @CriSzis

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Gays clasistas podrían destruir lo construido

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La semana pasada fui invitado por la Red Ciudadana por la Diversidad Sexual a participar en el Conversatorio: “La reproducción de estereotipos LGBT en medios de comunicación” en la Universidad del Claustro de Sor Juana de la Ciudad de México. Hablé junto a personalidades como mi querida Ophelia Pastrana.

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Aunque la mayoría en la mesa de diálogo luchaba por erradicar los estereotipos gays, yo decidí defenderlos.

Creo que los estereotipos nos dan identidad y son parte de los ingredientes necesarios para construir más allá de una cultura gay, una Cultura Queer; inclusiva, que reconozca la diversidad, pero en todos los sentidos.

Y es que fue muy aburrido escuchar los clásicos argumentos en contra de los gays afeminados, delicados, sensibles. Hubo quien hasta advirtió que les “partiría la madre”.

Desde mi posición de hombre homosexual que acepta su lado femenino y lo abraza con orgullo, detecte que el problema radica en el machismo y la misoginia, conductas que contaminan todas las esferas de la vida en Latinoamérica.

En países como México ser mujer es sinónimo de incapacidad, ridículo, incompetencia, indefensión, debilidad, y hasta invisibilidad.

Ophelia Pastrana dijo que nos han enseñado a avergonzarnos nuestra parte femenina porque ser mujer representa una desventaja rotunda. “¡Pareces vieja!”, todavía gritan en escuelas, parques y hasta ambientes laborales cuando un hombre demuestra miedo, por ejemplo, con lo que asumimos que el miedo es una conducta primero vergonzosa y luego, exclusiva “cometida” por mujeres.

Mi conclusión al respecto es qué dentro de los estereotipos gays, el afeminado, “jotita”, “pasiva”, “maricón”, o como le quieran llamar, debe ser defendido primero porque representa el lado más femenino del colectivo homosexual, luego porque sería una forma de reivindicar nuestro reconocimiento al sexo femenino tan desprotegido en la sociedad, y finalmente porque “jotear” es nuestra marca registrada. (“Jotear”, es un comportamiento gay. Se trata de lenguaje femenino exagerado y toda una serie de expresiones para comunicarse de forma divertida)

Quien con gracia domine el arte de “jotear”, podría fácilmente dominar al mundo.

Luego entonces, cuál es el problema real. De hecho el problema real es el clasismo gay. Si bien la homofobia es un problema latente en todo el mundo, cuando los gays se encuentran en ambientes de vida tolerantes y hasta seguros, comienza el fenómeno de la discriminación entre gays.

En la Ciudad de México se dice que vivimos en una “isla de derechos”, y en cierta medida es verdad. Esto provoca que el grupo de gays más favorecidos económica y socialmente, sientan que la lucha ya está ganada y que los activistas son un grupo de ancianos renegados. Incluso dentro de las universidades existen quienes llegan a pensar que las cifras arrojadas por encuestas de discriminación son inventadas.

Esos gays creen que el problema ya está resuelto y sin sacar sus cabezas de la madriguera gay, comienzan a discriminar para adentro.

Son ellos los que dictan el buen comportamiento de todo hombre homosexual. Son ellos los que pregonan descarados: “Esta bien que nos gusten los hombres, pero no por eso dejamos de ser hombres”. Como si al “jotear” o ser afeminados estuviéramos olvidando nuestra dignidad masculina.

Esos gays también discriminan a los pobres, a los que no pudieron estudiar la universidad, que no van al gimnasio, que no gastan su dinero en videojuegos o ropa de Dolce&Gabbana, que no se codean con los youtubers de moda y no han viajado por todo el mundo.

Tampoco quieren a los homosexuales pasivos (hombres que son penetrados durante las relaciones sexuales entre varones), “pasivas” les dicen. Pues como sus mamás aprendieron y luego les enseñaron, “la que se deja meter la (verga) pierde”.

Ahora bien, como en cualquier grupo social, entre gays lo que más importa es el estatus económico. El que más dinero tiene, más valioso es.

Si tienes dinero no importa que seas afeminado, inculto, estéticamente desagradable y no leas ni los horóscopos. Si tienes dinero simplemente serás reconocido “el mejor gay de la ciudad”.

México es un país clasista, nos definimos a partir del dinero, mientras lo tengas lo demás sale sobrando, incluso si eres un “gay retorcido”, casi “una loca”. El dinero paga el respeto de los que más te desprecian. Si compras un lugar dentro de un grupo social respetable ya la hiciste.

Y como resultado, el clasismo gay es aún más ruin que el general. Pues provoca que entre una comunidad ya de por sí vulnerable, nos lastimemos los unos a los otros hasta destruirnos. Defender los estereotipos gays podría ser el primer paso hacía la emancipación de la subcultura gay y la integración social.

Cuando los gays hablamos de estereotipos nos mordemos la lengua y nos sangra la boca. Más que tratar de eliminarlos, debemos abrazarlos y defenderlos del ataque. Una buena forma de hacerlo es comenzar por nosotros mismos y dar el giro a ciertos términos que escuchamos desde niños.

Si te dicen, responde:

– “¡Pareces niña!”

R. “Sí ¿algún problema?”

– “¡Lloras como vieja!”

R. “Lloro porque se me da la gana”

– “¡Pinche puto!”

R. “¡Gracias guapo!”

Hay que darle la vuelta a las agresiones, demostrar a nuestros detractores que con sus ofensas lejos de lastimarnos nos hacen más fuertes y felices.

Cuando nos digan “jotitas”, demos gracias porque es tanta nuestra influencia en sus tristes vidas, que a la menor provocación nos reconocen.

Seamos conscientes que para ellos somos sus referentes, sus líderes de la moda, sus gurús del estilo, sus mejores amigos y de ahora en adelante un grupo de estereotipos listos para hacer de esta sociedad la generación más colorida y plena que se haya conocido en la historia de la humanidad.

Pero sobre todo, reconozcamos que construir divisiones entre nosotros no ayuda a nadie. Algunos gays dirán que no pertenecen a una “comunidad” y lo entiendo, pero la división no les ayudará tampoco a lograr sus objetivos individuales.

Al rechazarnos entre nosotros tarde o temprano pagaremos por arrogantes y descubriremos que sí bien somos individuos, vivimos en sociedad.

Y recuerden jamás llamar a la violencia. Aquellos que optan por responder con la misma piedra a sus agresores, están aún más atrasados en la historia. Debemos ir un paso más adelante, responder con mejores argumentos, ser felices y siempre sonreír.

Por @CriSzis

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